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martes, 27 de mayo de 2008

SONETOS TERRESTRES

Al nacimiento



Y vio que trepar la luz era bueno
y mucho más caer en el vacío,
astillada su sombra en su brío
de no estar sólo de sangre lleno.

Y fue raíz, esencia, más que cieno,
en su tumulto paz y albedrío,
mancha perpetua de algún río
que descubrió la nada en su seno.

Así surgió como fuego o canto,
azar en la huella que se vierte
en el pozo eterno de su llanto.

Y vio que era bueno ¡y qué suerte!
llegar a ser polvo de algún manto
para nacer feliz en esta muerte.




Al futuro



Territorio vacío del futuro,
vacío de un presente humano,
tu porción de no-ser toca ni mano
como toca mi báculo lo oscuro.

La vida me empuja hacia tu muro,
me hunde en tu vacío, en tu plano;
fin del límite del tiempo humano
donde, en mi propio cuerpo, me procuro.

Tierra donde seré, tierra baldía,
sin el frío trayecto de los días,
sin el dulce rincón de mis colmenas.

Yo pereceré en tu armonía
vistiendo azul mis alegrías
al caminar, por fin, en tus arenas.




Al habitante



Viene clavando sus puñales rojos
con la actitud del relámpago quebrado,
tiene vida para ser aprisionado
en la piel que se rinde ante sus ojos.

Mares de sangre que en mi paz recojo
con el zumbido trunco y amarrado,
tienen sus pasos el paso enterrado
del ser que en sus aguas yo remojo.

Y no hay palabras para su vil canto
de mil manos fusiladas en su risa
de sueños protegidos por su llanto.

Va clavando sus puñales y revisa
en su fugaz ser, tallado del espanto,
algo que nació de una sonrisa.





A la llegada



Donde había ociosidad de labios
afloró un manantial perpetuo;
y en las ramas donde habita el sexo
hay un pez huyendo de su acuario.

Donde unas manos atadas al rosario
están dos duros puños turbulentos;
y en el pulmón donde anida el viento
hay un furor de espada de sicario.

Hemos arribado a nuestro cuerpo
hemos desordenado las mazmorras
y el alma se olvidó de su silencio.

¡Qué triste el espacio que nos nombra!
Hemos partido hace tanto tiempo
que sólo queda paja, y una sombra.





Al principio



Los peces devoraron mi pescado.
Hervido mi hijo se adereza
en el vidrio fecundo de la mesa
¡cómo se sentiría devorado!

Voltear su espíritu amado
hundir mis dientes en su cabeza
y salpicado de mí, cruel, me besa
el hambre de mi tumba, a su lado.

Duro ataúd está en tu seno
el terrible inicio del jamás
y el único vacío de lo lleno.

¡Cómo comer fiel de tu maná!
si llegaste primero que los tiempos
cuando Dios aún amaba a Satanás.

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